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Mudanzas

Por Sandra Russo

La primera vez que escuché que las mudanzas están entre los primeros motivos de estrés, me sentí secretamente reivindicada. Hacemos eso con las estadísticas. A veces las usamos como calmantes. Me mudé tantas veces que debería haberle agarrado el gusto, pero cada una de ellas fue un estruendo en mi vida, una literal movida de estanterías.
Pasan ahora en la televisión una propaganda de pintura que muestra a gente llegando a sus nuevas casas, pintadas todavía con el blanco y negro de los viejos dueños o inquilinos. Hay algo de desazón en esas primeras miradas después de poner la firma, quizá la misma mirada que podría captar algún buen director en los ojos de alguien recién casado. Algo captado con el rabillo del ojo, como diría Carver. Una mirada de susto, de “decime que hice bien” a sí mismo, después de un fuerte compromiso.
A las nuevas casas y a las nuevas relaciones queremos siempre llevar lo mejor que tenemos, y aprovecharlas para deshacernos de los lastres. Una y otra cosa son instancias propicias para una buena limpieza general de uno mismo, y eso es lo que tienen las nuevas casas y las nuevas relaciones: son lugares físicos y mentales para intentar expandirnos y ser mejores o estar más cómodos en nuestras pieles y nuestras almas. Al menos ésa es la ilusión, ése es el motor que hace que la gente se mude o se enamore. Ampliar el menú de registros de uno mismo.