De Felippe es el director técnico de Quilmes. A los 19 años, le tocó combatir en la guerra de Malvinas. Después de un largo período de silencio doloroso, decidió vivir para contarla.

A primera vista se nota que Omar De Felippe es un personaje particular dentro del fútbol argentino. En primer lugar, después de haberlo ascendido, logró mantener en primera a Olimpo en la temporada 2010-2011, obligando a River a jugar la promoción. Este hecho no es más que una estadística, pero es importante tener en cuenta cómo lo consiguió. Pelear el descenso sin miedo, intentando siempre salir jugando, con la tenencia del balón y movilidad constante, parece ser algo descabellado. Al menos, así lo era hasta el Olimpo de De Felippe. Ahora, el caso del Tigre de Arruabarrena (que tuvo que dejar el cargo) y el Newell´s de Martino, fortalecen esa idea de que para salir del descenso no es necesario jugar con el primitivo pensamiento temeroso de que sólo hay que alejar la pelota del arco propio.

De Felippe es el actual técnico de Quilmes y promulga la misma idea. Si bien no está en una buena racha de resultados, sigue fuera del descenso directo, mantiene una propuesta de juego ofensiva y es un equipo con autoridad. Otra característica de los dos últimos planteles que condujo: Caneo y Rolle. Aunque parezca una locura en el fútbol argentino actual, juega con enganche. Así, más allá de la poca preponderancia de los nombres de muchos de sus jugadores, siempre es interesante ver los partidos de los equipos que dirige.
Sin embargo, el dato más peculiar del entrenador es que es un ex combatiente de Malvinas. 

A los 19 años recién cumplidos, el 7 de abril de 1982, pocos días después de haber sido dado de baja del servicio militar y con ganas de volver a jugar en las inferiores de Huracán, De Felippe recibió una citación del Ejército que le fue entregada, entre lágrimas, por su madre. Como le contó en una entrevista al suplemento deportivo Canchallena: “cuando me presenté en el regimiento me dieron la ropa y me cortaron el pelo, parecía algo normal. No nos decían nada”. El 9 de abril lo visitó su familia, y al día siguiente, sin que todavía nadie les hubiera avisado nada, los subieron a unos colectivos y salieron para las islas.

La primera imagen que De Felippe recuerda de Malvinas es la de un agujero en la pared de una casa y la de los padres “ingleses” encerrando, con miedo, a sus hijos en las casas. El director técnico convivió con la muerte a sus costados, con el hambre, el frío, las desigualdades características de una guerra tan despareja. Y cuenta la manera que encontró de atravesar esa situación: “Te vas endureciendo de tal forma que sólo te preocupás por tu grupo, que son cuatro o cinco personas. Por ahí ves morir a alguien y es como si no hubiera pasado nada. Creás mecanismos de defensa que hacen que nada pueda alterar tu pensamiento”.

La muerte no sólo fue compañera por los que cayeron a su alrededor. Él, en cada instante, dice, sabía que iba a morir. Y estuvo cerca. Una noche, un oficial le ordenó que se acercara a su puesto de mando. De Felippe se levantó de su cama y salió del lugar donde solía dormir en Puerto Argentino. Unos segundos más tarde, el sitio del que acaba de ausentarse fue derrumbado por un obús. Otra historia que rememora es que una noche, ya con un hambre insufrible, junto a seis compañeros asaltaron un cuartucho donde los oficiales guardaban la comida, que debía ir para la tropa pero que nunca les era entregada.

El 14 de junio, cuando terminó la guerra, empezó para De Felippe la reconstrucción y el acomodamiento a una regularidad que había abandonado hacía sólo dos meses. Cuenta que esa vuelta fue aún más complicada que los dos meses de enfrentamientos. Volver a lo habitual y tener que derribar la muralla que le había permitido sobrevivir era un proceso largo y tortuoso. Por eso, agradece a Huracán la posibilidad de haberle permitido ser profesional, de darle un lugar, una ocupación que le permitiera continuar viviendo. Sobre todo, que agradece al fútbol porque, como él asegura:

 “Me salvó la vida”.
Comenta que estuvo siete años sin poder hablar de lo que pasó en la guerra. Y, en referencia a la relación que mantiene con los ex combatientes, en una entrevista con el programa radial Todos Atrás en Radio Éter, contó: “Nos seguimos juntando pero tuvieron que pasar 16 años para que alguno levantara el teléfono. Nos vamos encontrando cada año para hablar de la vida y la familia. Hay muchos recuerdos dolorosos de Malvinas pero tratamos de ayudarnos para vivir cada día mejor”.

De Felippe afirma que le duele hablar de la guerra y que muchas veces pensó en dejar de hacerlo, aunque sea para los medios de comunicación, pero que tiene la certeza de que el testimonio más importante es el de los que estuvieron en las islas. Por eso, para homenajear a los que cayeron, tanto durante esos dos meses como en los cuantiosos suicidios posteriores, decide seguir hablando. Mientras, vive con su esposa y su hijo de cinco años. Dirige un equipo de primera y le toca pelear el descenso, que en Argentina pareciera ser casi tan terrible como una guerra. Esa lucha menor, él la lleva con una ideología futbolística que escasea por estas tierras, la del cuidado de la pelota y el interés por el arco rival.
Fuente: Periódico Marcha

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